Para muchas personas, elegir la ropa del día, hacer una llamada telefónica, acudir a una reunión o entrar en un supermercado son actividades rutinarias que apenas requieren reflexión. Sin embargo, para algunas personas autistas, estas mismas situaciones pueden implicar una importante carga mental y emocional así como un desgaste considerable.
Tomar decisiones continuas, elegir entre varias opciones, enfrentarse a entornos impredecibles, interpretar interacciones sociales o gestionar estímulos sensoriales constantes puede consumir una gran cantidad de energía. Es un esfuerzo que rara vez resulta visible para quienes observan desde fuera por lo que dicho desgaste suele pasar desapercibido.
Por este motivo, algunas personas necesitan más tiempo para recuperarse después de una jornada laboral, planificar con antelación determinadas actividades o disponer de momentos de descanso durante el día.
Lejos de ser una cuestión de falta de capacidad, de desidia, de vagueza, estas estrategias permiten a la persona autista conservar recursos y mantener el bienestar emocional.
Comprender esta realidad nos debería ayudar a no prejuzgar a la ligera y a reconocer que no todas las personas parten de las mismas condiciones ante las demandas del día a día.
A veces, lo que parece una tarea sencilla para unos puede representar un auténtico desafío para otros. Y reconocerlo es también una forma de inclusión: un punto de partida para reconocer y aceptar al diferente.