La infancia no debería ser una carrera por encajar. Cada 20 de noviembre, el Día Mundial de la Infancia nos recuerda que todos los niños y niñas tienen derecho a crecer en entornos seguros, inclusivos y respetuosos con sus respectivas necesidades. También nos invita a reflexionar sobre la importancia de escuchar su voz y reconocer su papel como protagonistas de su propia vida.

Sin embargo, para muchos niños y niñas autistas, una parte importante de su infancia transcurre intentando adaptarse a expectativas que no siempre tienen en cuenta su forma de percibir, comunicar o comprender el mundo. Desde edades tempranas, pueden recibir mensajes explícitos o implícitos sobre cómo deberían “encajar”: cómo deberían jugar, relacionarse, comportarse o expresarse para ser aceptados por quienes les rodean.

Aunque los apoyos, las intervenciones y el aprendizaje son aspectos importantes del desarrollo, también lo es el bienestar emocional. Ningún niño debería sentir que necesita ocultar partes de sí mismo para encajar en su entorno.

Por ello, resulta fundamental escuchar lo que los propios niños y niñas tienen que decir. Cada menor posee intereses, emociones, preferencias y experiencias únicas. Sin embargo, con demasiada frecuencia los adultos toman decisiones sin contar con su perspectiva, especialmente cuando existen diferencias en la forma de comunicarse.

Escuchar a la infancia autista implica mucho más que hacer preguntas. Significa observar, adaptar la comunicación, respetar los tiempos de respuesta y comprender que existen múltiples maneras de expresar opiniones, necesidades o preocupaciones. La comunicación no siempre se produce a través de las palabras, pero eso no la hace menos importante.

Cuando los niños y niñas sienten que son escuchados y valorados, desarrollan una mayor confianza en sí mismos, fortalecen su autoestima y participan de forma más activa en los entornos que forman parte de su vida cotidiana. Además, tener en cuenta su experiencia permite diseñar apoyos más ajustados a sus necesidades reales.

La infancia es una etapa de descubrimiento, crecimiento y construcción de la identidad. Por ello, las familias, los profesionales y la sociedad en general tienen la responsabilidad de crear espacios donde las diferencias sean comprendidas y respetadas, en lugar de corregidas constantemente.

El objetivo no debería ser que todos los niños sean iguales. El verdadero reto consiste en construir una sociedad capaz de reconocer y valorar la diversidad desde los primeros años de vida.

Porque una infancia feliz no se construye enseñando a los niños a parecerse a los demás. Se construye ayudándoles a crecer sintiéndose escuchados, comprendidos y valorados exactamente como son: respetando su propia identidad, capacidades y valores.