Llevo más de quince años trabajando como docente y pensaba que entendía bastante bien qué significaba la inclusión. Sin embargo, fueron mis propios alumnos quienes me hicieron darme cuenta de que todavía tenía mucho que aprender. Al principio intentaba que todos trabajaran exactamente de la misma manera. Creía que eso era tratarles con igualdad. Con el tiempo comprendí que la verdadera inclusión no consiste en ofrecer lo mismo a todos, sino en proporcionar a cada persona aquello que necesita para participar y aprender. Algunos alumnos necesitaban más tiempo, otros instrucciones más visuales y otros espacios tranquilos donde poder concentrarse mejor. Cuando comencé a realizar pequeños ajustes, descubrí que no solo beneficiaban a los estudiantes autistas. También ayudaban al resto del grupo. Aquella experiencia transformó mi manera de enseñar. Hoy estoy convencida de que la inclusión no es una meta que se alcanza una vez y para siempre. Es una actitud de aprendizaje continuo. Y son los propios alumnos quienes mejor nos enseñan cómo avanzar en ese camino.
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