Cuando éramos pequeños, yo no entendía por qué mi hermano reaccionaba de manera diferente a determinadas situaciones. A veces necesitaba marcharse de lugares con mucho ruido o se sentía incómodo en reuniones familiares que a mí me parecían normales. Con los años fui comprendiendo mejor su forma de experimentar el mundo. Aprendí que no todas las personas perciben los estímulos de la misma manera, que la comunicación puede adoptar formas muy diferentes y que la empatía consiste precisamente en intentar comprender experiencias distintas a las propias. Mi hermano me ha enseñado a ser más paciente, a escuchar con atención y a cuestionar muchas ideas preconcebidas que tenía sobre lo que se considera “normal”. Hoy sé que el autismo forma parte de su esencia, de su vida, pero también sé que no es lo único que le define. Es una persona con sentido del humor, con inquietudes, con talentos y con sueños, igual que cualquier otra. Si tuviera que resumir todo lo que he aprendido gracias a él en una sola frase, sería esta: las diferencias no nos alejan de los demás; nos ofrecen nuevas formas de entender el mundo.