Cuando nació mi nieto, imaginé muchas cosas sobre cómo sería nuestra relación. Como cualquier abuela, soñaba con compartir juegos, paseos, conversaciones y momentos especiales juntos. Sin embargo, a medida que fue creciendo, empecé a notar que algunas situaciones que parecían sencillas para otros niños resultaban complicadas para él.
Recuerdo que, al principio, no entendía por qué evitaba ciertos lugares, por qué algunas celebraciones familiares le resultaban tan agotadoras o por qué necesitaba retirarse cuando había demasiado ruido a su alrededor. Como muchas personas de mi generación, tenía muy poca información sobre el autismo y me costaba comprender algunas de sus necesidades.
Con el tiempo decidí hacer algo que cambió por completo mi manera de verlo: empecé a escuchar y a aprender.
Leí, pregunté, observé y, sobre todo, dejé de compararlo con otros niños. Comprendí que cada persona tiene su propia manera de desarrollarse, comunicarse y relacionarse con el mundo. Mi nieto no necesitaba convertirse en alguien diferente. Necesitaba que aprendiéramos a comprenderle mejor.
Hoy disfruto enormemente de los momentos que compartimos. Hemos encontrado nuestras propias formas de conectar. A veces son conversaciones sobre sus temas favoritos. Otras veces simplemente consiste en estar juntos, sin necesidad de hablar demasiado.
Gracias a él he aprendido a tener más paciencia, a valorar los pequeños detalles y a cuestionar muchas ideas que daba por sentadas. También he descubierto que el cariño no depende de cómo una persona expresa sus emociones, sino de la autenticidad con la que las siente.
Si algo me ha enseñado mi nieto es que comprender a alguien requiere tiempo, pero merece la pena. Nos enriquece. Porque cuando dejamos de prejuzgar y de comparar a las personas con nuestras expectativas, empezamos a apreciar todo lo que tienen para ofrecernos.
0 Comments