Muchas personas asocian el autismo con una mayor sensibilidad a los sonidos, pero pocas comprenden realmente lo que significa vivir rodeado de estímulos que no se pueden apagar: de los que es imposible desconectar.
El zumbido de una lámpara, una conversación de fondo en una cafetería, el motor de un autobús o incluso el tic-tac de un reloj pueden convertirse en una presencia constante y agotadora. No se trata de una simple molestia ni de una cuestión de falta de tolerancia. Para algunas personas autistas, el cerebro procesa esos estímulos con una intensidad diferente, dificultando la capacidad de filtrar aquello que resulta irrelevante quedándose o prestando atención tan sólo a lo importante.
Esta acumulación de información sensorial puede generar cansancio, ansiedad o la necesidad urgente de retirarse a un lugar tranquilo. Por eso, cuando una persona utiliza auriculares (o incluso cascos con cancelación de ruido), busca espacios silenciosos o necesita un tiempo para recuperarse, no está exagerando ni siendo antisocial. Está intentando regular un entorno que, en ocasiones, puede resultar abrumador u hostil.
La accesibilidad no solo consiste en eliminar barreras físicas. También implica comprender que no todas las personas perciben el mundo de la misma manera y que pequeños cambios pueden marcar una gran diferencia en su bienestar diario.
0 Comments