Durante mucho tiempo pensé que los problemas que tenía mi hija eran consecuencia de errores míos como padre. Escuchaba consejos de otras personas y me preguntaba constantemente qué estaba haciendo mal. El diagnóstico de autismo nos permitió comprender muchas situaciones que hasta entonces parecían no tener explicación. No fue una etiqueta. Fue una respuesta. Comprendimos que muchas de las dificultades que observábamos no eran falta de educación, ni caprichos, ni desobediencia. Eran necesidades que no habíamos sabido identificar. A partir de ese momento comenzamos a adaptar algunas rutinas, a escuchar más y a exigir menos aquello que no era realmente importante. Poco a poco, nuestra convivencia mejoró.
Lo que más me sorprendió fue descubrir la cantidad de fortalezas que mi hija tenía cuando dejábamos de centrarnos únicamente en sus dificultades. Su creatividad, su memoria, su sinceridad y su sensibilidad estaban ahí desde siempre. Hoy sigo teniendo dudas y preocupaciones, pero ya no siento que esté luchando contra algo. Siento que estoy acompañando a mi hija en su propio camino. Y eso marca una diferencia enorme.
0 Comments