Durante gran parte de mi vida tuve la sensación de ser diferente, aunque no sabía explicar exactamente por qué. Me costaba comprender algunas normas sociales, terminaba agotada después de reuniones o eventos y necesitaba pasar mucho tiempo sola para recuperar mi energía. A menudo sentía que estaba interpretando un papel para encajar en los distintos entornos donde me movía. A los 42 años recibí un diagnóstico de autismo. Lejos de ser un momento negativo, fue una experiencia profundamente liberadora. Muchas piezas empezaron a encajar. Situaciones de mi infancia, dificultades en el trabajo o experiencias personales que siempre me habían generado confusión adquirieron un nuevo significado. El diagnóstico no cambió quién era. Lo que cambió fue la forma en que me entendía a mí misma. Por primera vez dejé de pensar que había algo defectuoso en mí. Empecé a reconocer mis necesidades, a respetar mis límites y a valorar mis fortalezas. Todavía se me presentan desafíos, pero ahora los afronto desde el conocimiento y la aceptación. Recibir un diagnóstico en la edad adulta no me dio una nueva identidad. Me permitió comprender la que siempre había tenido: me permitió conocerme, saber quién era y soy.